domingo, 19 de noviembre de 2017

Trabajo no remunerado


Es casi inherente al ser humano su desmesurado interés por aparecer en los distintos medios de comunicación. Si vemos una cámara de televisión procuramos pasearnos por el ángulo que calculamos que abarca, algunos con gestos esperpénticos para no pasar desapercibidos, otros de forma más discreta pero con el rabillo del ojo puesto en el objetivo, por no hablar de aquella vez que vamos a un concierto, un partido o a alguna aglomeración de gente similar y al día siguiente nos buscamos en la foto del periódico cual si de un libro de “Dónde está Wally” se tratara.
Eso sí, que ningún lector interprete este párrafo introductorio en tono de queja, me parece una postura más que respetable y, de hecho, quien les escribe ha de confesarles que guarda en una carpeta de viejos recuerdos un par de recortes de un diario regional en el cual aparece en una foto que acompañaba la crónica de un partido de fútbol sala. Pero la crítica (que no puede ausentarse en un ensayo de este blog) no va dirigida a esta actitud sino a la manera en que algunas empresas y medios se nutren de ella.
Por una parte nos encontramos con ciertas marcas que, en una estrategia para reducir gastos, disfrazan de concursos algunos de sus trabajos para que sean los propios consumidores los que activen sus neuronas y aporten sus ideas al negocio con el único posible premio de que su aportación sea seleccionada para llevarla a cabo: “diseña el nuevo dibujo para la caja de nuestro producto y verás tu creación impresa en ella”, “participa en tal desfile y podrás ser la nueva imagen de nuestra firma de ropa”, “crea un eslogan con gancho y lo podrás escuchar en nuestros próximos anuncios”, etc. ¿Les suena algún caso similar? Tretas que engatusan al usuario que sólo obtendrá a cambio un reconocimiento visual pero que cuyo verdadero objetivo es ahorrarse los honorarios del diseñador gráfico, la modelo o el guionista de turno.
Por otro lado, el incesante auge de las nuevas tecnologías y las redes sociales ha producido que muchos medios de comunicación, especialmente televisivos y radiofónicos, rellenen varios minutos de su parrilla con aportaciones de los espectadores. Desde hace años era frecuente, sobre todo en radio, las interactuaciones entre el locutor de rigor y un radioyente que quería dar su opinión sobre el tema tratado, pero actualmente ya hasta pueden prescindir del periodista en cuestión, ya que con cierta aplicación mundialmente conocida el oyente puede enviar sus monólogos y, junto a otro acopio de notas de audio, ocupar un buen porcentaje del programa. Algo similar ocurre en televisión, donde la audiencia puede colaborar mandando sus comentarios a través de un pajarito azul, a veces como mero acompañamiento al programa pero otras veces incluso como únicos protagonistas de la pantalla.
El primer caso arriba mentado no me resultaría tan amargo si no fuera por el descaro de las empresas que se aprovechan de la ilusión de la gente que cede su capacidad artística con tal de ver su dibujo en el pasillo de las galletas de todos los supermercados del país. El segundo caso reconozco que me irrita bastante más, ya que cuando conecto la televisión o el transistor (qué añeja me suena ya esa palabra) mi intención es ver y/o escuchar a un periodista formado y buen profesional que cumpla con su menester, no a un cualquiera soltar su opinión, la cual, con todos mis respetos, me importa un bledo. Otra cosa es que a veces el propio locutor o presentador sea de tan bajo nivel que merezca menos mi interés que la nota de audio de cualquier oyente, eso es otro tema que quizá me anime a tratar en futuras entradas, pero en cualquier caso eso no justifica que dejen parte de su trabajo a gente de a pie que, por otra parte, no va a ver ni una peseta a cambio.

domingo, 17 de septiembre de 2017

¡Escúchame bien!



Confío en que mi fiel lector no infravalorará aún más mi ya de por sí escaso nivel cultural si comienzo esta disertación con un brevísimo diálogo extraído de la serie de animación Shin Chan. En cierta ocasión un adulto le espetó al pequeño nipón, en un tono imperativo, la frase “¡escúchame bien, Shin Chan!”, a lo que el protagonista de la serie, ni corto ni perezoso, le contestó “¡háblame bien! Espero que no me juzguen con demasiada severidad si reconozco que, en el momento de visualizar esa escena, su humilde servidor emitió una carcajada que, si bien fue lo suficientemente discreta como para no dar un cante nada afín a mi tímida personalidad, también fue lo suficientemente sonoro como para dejar constancia de que aquellas palabras habían pulsado mi tecla humorística. Ahora bien, ese chiste visual y sonoro, lejos de contentarse con extraerme esa leve risa, produjo en mi inquieta mente una reflexión que es mi intención trasmitirle a ustedes a continuación.
No le falta valoración como virtud al hecho de saber escuchar. Creo que podría aventurarme a decir, sin riesgo a equivocarme demasiado, que a cualquier persona que quiere expresar una opinión oralmente le gusta sentirse escuchado y no solamente oído, desde el avispado infante que apenas compone frases de dos o tres palabras hasta el experimentado orador que habla en público ante varios cientos de personas. Personalmente me repatean dos tipos de situaciones. Por un lado tenemos al típico virtuoso de la lengua que aguarda a que tu voz repose medio segundo para comenzar con ametralladora de palabras, en muchas ocasiones abordando temas que ni tan siquiera guardan relación alguna con lo que le estábamos contando, demostrando de forma más que evidente que ni tenía interés en nuestra exposición ni se toma demasiadas molestias en ocultar su mentado desinterés. Y por otro lado nos vamos al caso extremo, aquellas personas que permanecen inalterables ante nuestras palabras. Sus ojos, aunque pueda estar en dirección a nuestra cara, no nos están mirando, y la ausencia absoluta de cualquier sonido nos hace presagiar que su mente se ubica a años luz de nosotros y que, probablemente, si intercaláramos en nuestro texto alguna frase rompedora del tipo “anoche me acosté con tu mujer”, no se inmutarían en absoluto. Sin duda, el lograr que tu interlocutor sienta que sus comentarios son asumidos con interés por nuestra parte es todo un arte.
Ahora bien, el saber escuchar resulta tarea mucho más sencilla si nuestro contertuliano sabe hablar. Y con esos dos vocablos no me refiero necesariamente a que tenga que ser un gran orador y usar un lenguaje sofisticado, culto y repleto de variedad lingüística. Basta con que cumpla los requisitos que nos marca esa dama cada vez más ausente en nuestro mundo llamada sensatez. Hay que ser consciente, por ejemplo, de que lo que a nosotros nos puede resultar interesante, divertido o curioso, a otras personas les puede resultar soporífero hasta límites inescrutados. Un disparate que me haya escrito un alumno en un examen puede resultarle atractivo a mis colegas de profesión, pero no despertaría ni medio gramo de interés en mi abuela. Otro detalle importante es no convertir una supuesta charla en un monólogo, ya que hasta las disertaciones más interesantes se pueden volver eternas si a uno no le dejan ni aportar media palabra. Y como tercer consejo añadiría el hecho de ser capaces de seguir un hilo conductor lógico, evitar esas conversaciones que se inician relatando un viaje a París y a los cinco minutos de su comienzo están tratando el tema de la cría de nutrias en cautividad. ¿Les suena de algo? Los aficionados a estas ramificaciones verbales suelen coincidir con los monologuistas que arriba mencionaba.
Es frecuente toparnos con gente que se queja de que su pareja, amigo o compañero no les prestan la suficiente atención y no se sienten escuchados. Ser un buen oyente y saber escuchar puede ser tarea harto compleja, pero se hace todavía más complicada si aquel que pretende ser oído no ayuda con un poco de sentido común.

sábado, 15 de julio de 2017

Microrrelato

Una de las anécdotas de mi época estudiantil cuyo recuerdo se mantiene más vivo en mi fatigada memoria ocurrió cursando yo COU, aquel curso de orientación universitaria cuyo mero nombre lo hacía mucho más interesante que nuestro actual segundo de Bachillerato. En clase de lengua española nos tocaba comentar uno de los numerosísimos textos con los que nos preparábamos para selectividad. Jorge Wagensberg fue el autor elegido y el caprichoso azar quiso que el dedo del profesor apuntara en mi dirección cuando tocaba decidir quién leería el comentario que tan minuciosamente habíamos preparado en casa la tarde anterior. Mi lectura se produjo con total normalidad, sin nada que distrajera la atención de mi maestro ni de mis compañeros. Acabé de exponer mi creación firmemente convencido de que había impresionado a propios y extraños con la calidad de mis palabras. El silencio se hizo mientras todos esperábamos con impaciencia el veredicto del docente. Sus primeras palabras fueron algo así como: "le vamos a pedir que nos lea sus comentarios con más frecuencia, señor Odiseo". Mi ego creció durante unos breves instantes a una velocidad tan vertiginosa como aquella con la que se encogió tras escuchar la continuación de aquella evaluación que, por lo visto, no había concluído: "... porque tiene usted una voz realmente bonita". Y ya. Ni media palabra más.
Aunque para aquel curso yo ya tenía dedicido que sería hombre de ciencias, aquella sutil insinuación de que mi comentario era pura bazofia me hizo tachar de un plumazo la opción de escritor como posibilidad para ganarme las lentejas de cada día si la opción científica fracasaba. Eso sí, al menos me dejaba abierta las puertas de caminos como locutor de radio o cantante. Algo era algo.
A día de hoy, duplicando la edad de aquel momento, soy consciente de que mi calidad literaria de aquella época era nefasta, ínfima, paupérrima, ridícula, etc., aunque afortunadamente eso nunca pudo desprenderme de mi interés por escribir. Quizá fuera esa insistencia que sumó algún punto más a eso tan valorado que llaman experiencia, quizá fuera el hecho de ir abandonando a Mortadelo y Filemón para ir pasándome a Dostoiesvski y Saramago, quizá fuera el conocer a mi actual esposa, mujer de letras que me educó literariamente hablando y que aún está embarcada en la compleja misión de enseñarme a colocar debidamente las comas, quizá fuera una síntesis de todo lo anterior, pero el caso es que creo poder estar en condiciones de afirmar, sin caer en una vanidad que no me pega nada, que he pasado de ser un escritor pésimo a uno simplemente malo.
Y como prueba de esta leve mejoría cabe mencionar la selección de uno de mis relatos como finalista de un concurso regional para escritores amateur. Eventualmente acostumbro a enviar algunos de mis escritos a diversas competiciones literarias, siempre con textos breves que no abarcan más de una cara de folio, hasta ahora sin mayor éxito que la propia satisfacción personal. Pero por primera vez he logrado una especie de pequeña victoria, formando parte de la selección de microrrelatos para ser leídos y publicados en homenaje al murciano jardín de Floridablanca. Esta que expongo a continuación es la creación con la que he conseguido este diminuto reconocimiento como escritor.



Partí un trocito de pan y eché las migas por el jardín. Comed, hijos, dije en voz baja mientras efectuaba un barrido visual por aquel frondoso lugar. A mi diestra, un viejo, sentado centradamente en un banco tan desgastado como él, hojeaba la sección de deportes de un diario. Diametralmente opuesto al anciano, un niño botaba con ardor su pelota. El infante, sin ninguna capacidad de disimulo, observó descaradamente a aquella persona mayor, tal y como su madre le obligaba a llamar a los viejos. Por unos segundos quedó hipnotizado por su semblante sereno, por ese halo de sabiduría que parecía emanar de él. El octogenario, haciendo gala de una mayor discreción, se asomó sutilmente ladeando el periódico y, a través del grueso cristal de sus gafas, admiró las potentes zancadas que el niño daba en su enérgico juego. Le recordaba su infancia, cuando los balones consistían en un manojo de trapos viejos anudados buscando una utópica forma circular. En un momento de relajación sus miradas se cruzaron. El chico se giró raudo; el viejo se ocultó tras el diario. Ambos tenían la esperanza de no haber sido descubiertos por aquel a quien contemplaban.

Simplemente quería con esta entrada compartir este relato con ustedes, mis escasos pero fieles lectores, invitándoles a que lo critiquen, en el buen sentido de la palabra, y a que expongan todas las sensaciones que en sus ojos u oídos haya producido mi pequeña escultura verbal.

sábado, 8 de julio de 2017

Profesor nativo


Es hecho bastante evidente que en este nuestro cañí país tenemos un serio problema con los idiomas. No pretendo divagar aquí sobre si todos deberíamos de tener un dominio elevado del inglés o si no debería dársele tanta importancia, pero lo que está claro es que algo falla cuando nuestros pupilos llevan trabajando la lengua de Shakespeare desde los tres años hasta, como mínimo, los dieciséis o dieciocho, incluso algunos apoyados por ese nefasto invento del siglo XXI llamado enseñanza bilingüe, del cual espero animarme a escribir algún día, y aún así las pasan canutas cuando un angloparlante les espeta en la cara una frase de más de cuatro palabras.
Aparcando al margen los posibles motivos de este más que mediocre nivel de idiomas, es el pan nuestro de cada día toparnos con gente que, siguiendo aquella frase hecha que sentencia que la necesidad apremia, recurre a ayuda externa en su búsqueda de un aumento en su destreza de esa lengua con el objetivo de que ese nivel medio-alto que aparece en su curriculum no sea del todo falso. Las escuelas oficiales de idiomas son su primera opción, por públicas y por gratuitas, aunque por esos precisos motivos se sitúan a veces algo alejadas de su alcance. Así pues, no queda otra alternativa que recurrir a la enseñanza privada: grandes franquicias nacionales, academias de barrio o profesores particulares.
Y es en esta búsqueda donde nos topamos con el mayor reclamo para estos necesitados prototipos de estudiantes: las palabras mágicas “profesor/a nativo/a”. Los profesionales del sector cuentan con que esos dos vocablos basten para convencer a sus hipotéticos alumnos de que el nivel docente de su profesor es óptimo y le garantiza un incremento notable de sus conocimientos. Desconozco si, en efecto, estas empresas logran o no su finalidad con este simple reclamo, pero de lo que sí que estoy seguro es de que el hecho de que alguien haya visto la luz en un país angloparlante lo convierta por ese mero dato en un experto docente de su lengua materna.
Por compararlo con un ejemplo bastante extremo, imaginen un niño de unos seis años al que hay que enseñar a sumar con llevadas y tenemos dos candidatos: un catedrático en matemáticas con una tesis doctoral cum laude sobre teoría de intermódulos abelianos topológicamente compactos (no busquen eso en google, me lo acabo de inventar, pero suena complicado, ¿verdad?) y un maestro de primaria acostumbrado a tratar con esas cabezas aún inmaduras y conocedor del cerebro infantil cuyos conocimientos matemáticos apenas van más allá de las cuatro operaciones aritméticas. Es obvio que el primero sabe sumar con llevadas con los ojos cerrados, pero creo que todos optaríamos por el segundo sujeto para llevar a cabo la misión arriba expuesta.
Adelantándome a cualquiera que esté tentado a tergiversar mis palabras, debo aclarar que jamás he querido ni tan siquiera insinuar que la condición de nativo convierta a alguien necesariamente en mal profesor. Nada más lejos de la realidad, de hecho tienen un alto porcentaje de las características necesarias para una correcta docencia del idioma, principalmente si el pupilo ya posee de por sí un elevado nivel de inglés y su intención es lograr perfeccionamiento y soltura. Pero no olvidemos que el conocimiento profundo de la lengua es solamente una fracción de las condiciones que debe reunir el perfecto profesor de inglés. De ser suficiente dicho control del idioma para trasmitirlo a profanos en la materia, cualquier lector de mi humilde blog, como experto en la lengua castellana que es (no tengo demasiadas aspiraciones a que mis desvaríos se traduzcan a otros idiomas), debería sentirse capacitado para inculcar la lengua cervantiana a cualquier persona natural de un país no hispanohablante, y sinceramente creo que no es el caso. Al menos quien les escribe se ve completamente imposibilitado para esa misión.

miércoles, 7 de junio de 2017

Más vale ¿malo? conocido

Lo confieso. Soy un adicto a los refranes, un yonqui de las frases hechas. Siempre que puedo, principalmente en mi expresión oral, cuelo alguna de estas expresiones precocinadas en mi a veces limitada oratoria. No sólo rodean a uno con un hipnotizante halo de sabiduría casi indiscutible sino que, bien empleadas, pueden llegar a ahorrarnos multitud de palabras vanas y rodeos exagerados en nuestro empeño por expresar con suficiente claridad una idea o sentimiento.
Ahora bien, no debemos caer en el error fatal de asumir que estas frases poseen la verdad absoluta en cualquier contexto. Da la impresión de que cuando dos personas discuten sobre un asunto y una de ellas, en su turno, expone sus argumentos y finiquita su tesis con un refrán, ya ha de concedérsele el asalto por ganado y el otro contertulio no tiene más remedio que agachar la cabeza y claudicar ante su oponente. Permítame el lector que discrepe ante esta supremacía de las frases hechas. Muchas de ellas dependen fuertemente del contexto, e incluso hay alguna esporádica que, en la humilde opinión de quien les escribe, apenas sirve para un par de casos muy puntuales y dista mucho de poder ser generalizada tan libremente.
En concreto estoy pensando en aquel refrán cuyo comienzo da título a esta entrada: más vale malo conocido que bueno por conocer. Ideológicamente hablando me parece una sentencia ultraconservadora. Es cierto que la mayoría de los mortales tenemos, si no miedo, cierto respeto al cambio, cierta reticencia a la modificación de nuestras costumbres, cierto acongoje a la ruptura de nuestros esquemas, pero siempre que la situación no se pueda considerar como “mala”, ya que en este caso sería del género idiota aspirar a mantenerse en su negativo estado. Alguna mente inquieta podría objetarme, no sin una ligera porción de verdad, que la inmensa mayoría de las circunstancias, por adversas que sean, siempre pueden empeorar. No le quito ese pedazo de razón, pero, ¿hemos de conformarnos con unas condiciones que no nos son beneficiosas sólo porque podrían ser peores? ¿No merece la pena correr algún riesgo con tal de salir de nuestra oscura situación? Imaginen, por ejemplificar la idea, un equipo deportivo que, a falta de escasos minutos para que finalice su choque, cae derrotado por un tanto a cero. El entrenador, rememorando el refrán que nos atañe, decide que, aunque le gustaría al menos empatar la contienda, no va a arriesgarse porque eso supondría dar al rival más opciones de lograr el segundo gol. Sabe de sobra, como experto en el deporte que es, que a efectos prácticos le da lo mismo perder por uno que por dos, pero entre esas dos opciones prefiere que sea por la mínima, así al menos podrá argumentar en su defensa que estuvieron realmente a punto de arañar un empate. Curiosa su reacción, pensarán mis lectores futboleros, y por ende completamente irreal. Lo más lógico es que el míster saque su artillería pesada, aun plenamente consciente de que las probabilidades de recibir un segundo tanto triplican, como mínimo, a las de lograr el ansiado empate. De perdidos al río, pensaría el agobiado estratega, por concluir este párrafo con otra frase hecha.
Mi visión sobre este refrán podría modificarse si la sentencia no fuera tan drástica con el “malo conocido”, si tal vez el contexto sabido fuera, como mínimo, aceptable, pasable, aprobado, suficiente. De tal forma, para poder darle el visto bueno, debería reformularse la expresión de una manera similar a “más vale situación pasable y adecuada aunque mejorable que bueno por conocer”, pero ya perdería por completo la forma sencilla y directa que le da ese encanto al refranero español.
En definitiva, mi modesto consejo es que no veamos estas expresiones como irrefutables, que no es oro todo lo que reluce y que estas sentencias, aunque resplandezcan en el cielo de la literatura y de la oratoria, no son necesariamente del metal dorado, sino que en ocasiones son de plata, de bronce o incluso de auténtico plástico macizo. Y, por supuesto, concretando, no se me conformen con lo malo, si la situación es desfavorable aspiren siempre a una, aunque mínima, mejoría, pues si bien hay quien prefiere ser cabeza de ratón a cola de león, no creo que a nadie le entusiasme la idea de ser el rabo de ese incomprendido roedor.

viernes, 5 de mayo de 2017

Entre el orgullo y el gorroneo


Se suele escuchar o recurrir con cierta frecuencia a la expresión que nos habla de una delgada línea que separa tal cosa de tal otra. No me negarán que han escuchado alguna que otra vez frases del tipo “ay, esa fina línea que separa el amor del odio”. No me siento capacitado para juzgar si esa afirmación es o no cierta, no me considero tan experto ni en el amor ni en el odio. Lo que sí puedo aseverar es que hay otras líneas, como la que separa el injustificado orgullo del abuso empedernido, que son lo suficientemente gruesas como para ubicarse en medio de ellas.
Hace no mucho tiempo decidí ofrecer mi desinteresada ayuda a una persona al percatarme de que realmente la necesitaba. Quizá por la costumbre, la respuesta que yo esperaba escuchar tras este ofrecimiento era algo similar a un “lo que quieras”, “sólo si te viene bien”, “no te molestes, me puedo apañar” o cualquier otra frase que subliminalmente pretenda dar a entender que acepta la ayuda aunque no la necesite tanto o, incluso, que la acepta por hacerme un favor. Pues no, reconozco que fue una más que agradable sorpresa escuchar las palabras “pues te lo agradecería mucho, me harías un gran favor”. La ayuda, obviamente, se llevó a cabo de forma completamente altruista, e incluso me supo mucho mejor porque esas palabras demostraron que realmente mi apoyo le facilitó notablemente la situación a esa persona.
No diré que si la respuesta hubiera sido alguna de las primeras detalladas hubiese retirado mi ofrecimiento, ni muchísimo menos, y de buen seguro que la ayuda ofrecida hubiera sido sobradamente agradecida, pero es posible que quien les escribe se hubiese quedado con una, posiblemente errónea, sensación de que sus esfuerzos no eran realmente tan necesarios y con la idea de que sin su colaboración la situación de esta persona no hubiera variado en demasía.
Sé sobradamente que muchas veces las primeras respuestas se dan en un afán de mostrar una justificada educación, o quizá de una vanidad latente que nos impide reconocer abiertamente que no podemos solos con una determinada circunstancia y que precisamos colaboración ajena, pero pienso que ya es hora de olvidarnos de esta curiosa forma de educación o de esta dañina prepotencia y aceptar, de una vez por todas, que en determinados momentos de la vida necesitamos la ayuda de otras personas.
Vaya por delante que, como mencioné en el título, lo que yo propongo dista mucho de un gorroneo que implique un abuso sobre nuestro prójimo. Lógicamente no nos desplacemos hasta el otro extremo, a pedir y pedir constantemente cual si de hacienda nos tratásemos. La teoría, al menos para quien redacta estas líneas, es muy clara, la ayuda se ha de pedir o de aceptar en caso de necesidad, no de simple comodidad. ¿Y dónde está la frontera entre estos dos términos? Miren, ahí sí les tengo que admitir que la línea que los separa puede llegar a ser de un grosor ínfimo, o no, depende del caso. Si se me pregunta sobre si la persona antes mentada hubiera logrado tirar para adelante sin mi ayuda la respuesta sería afirmativa. Eso sí, es más que posible que su sacrificio hubiese tenido que ser realmente colosal y quizá sus resultados se hubieran visto mermados, así que opino que esta aceptación de ayuda debe de encuadrarse en la casilla de necesidad, no de comodidad. Pero como digo, cada situación merece su atención aparte y ser estudiada de forma aislada y sin odiosas comparativas con otras circunstancias.
En cualquier caso un servidor de ustedes seguirá intentando parecerse cada día más a su propia conciencia y continuará ofreciendo su ayuda a quien considere que la necesite. Eso sí, mi ego saldrá mucho más fortalecido si se me reconoce abiertamente la utilidad de mi aportación. Si no es así, si mi ayuda se acepta a regañadientes, en lo más profundo de mis pensamientos siempre quedará la sensación de que mis actos han sido completamente prescindibles. Es lo que hay.

lunes, 13 de marzo de 2017

El deber nos llama



Sabe mi fiel lector que no es este un lugar de actualidad, que un servidor no acostumbra a divagar sobre temas candentes en el panorama nacional o internacional y que más bien las entradas suelen versar sobre temas tan variopintos e inusuales como el uso de las palabrotas o la edad adecuada para la confirmación. Pero ya que la excepción confirma la regla, o como dicen aquellos inmersos en una estricta dieta, por una vez no pasa nada, y ya que además el asunto me toca de cerca cual tangente a su curva, hoy me permitiré el lujo de reflexionar sobre un tema habitual estos últimos meses en noticiarios, periódicos y sitios virtuales diversos.
Cada año se publican con regularidad los resultados que evalúan a nuestros estudiantes a nivel mundial, los famosos informes PISA y similares, y ya no nos sorprende ver a nuestra cañí nación estancada en el último tercio de la lista, coqueteando con el descenso si de una competición deportiva se tratara. Y, formando parte también de esta tradición, tras conocer estos resultados toca buscar culpables de tal fracaso por parte de políticos y pedagogos que jamás se han puesto ante treinta adolescentes con las hormonas revolucionadas y les han intentado enseñar a resolver ecuaciones de segundo grado.
Entre los supuestos responsables de tan escaso nivel se han incluido factores tan variados como la mala preparación del profesorado, el exceso de inmigración, las dificultades económicas de las familias o la escasez de nuevas tecnologías como medio idóneo para el aprendizaje, pero en esta ocasión hemos sobrepasado cualquier límite y se ha buscado al culpable más sorprendente posible: los deberes.
Tan agresivamente está atacando el fiscal a este presunto culpable que hasta nos hemos encontrado con sorprendentes huelgas de deberes (no está mal la excusa: “Juanito, ¿has hecho tus tareas?”, “No, maestra, es que he hecho huelga de deberes”), y lo que resulta más paradójico es que quienes parecen más interesados en abolir esta supuesta tortura infantil son los propios progenitores, los mismos que repiten en cada momento que desean el mejor futuro posible para sus hijos. Para colmo fueron alentados por un imbécil anuncio televisivo de cierta conocida empresa sueca que daba a entender que la realización de algunas tareas vespertinas era incompatible con una adecuada vida familiar.
Entre algunos de los pobres argumentos que ofrecen los de la liga anti-deberes encontramos uno hábilmente sacado de contexto: en los países punteros en las pruebas arriba mencionadas, estilo Finlandia, no se mandan deberes a los alumnos. Olvidan dichos detractores el hecho de que el no tener tareas obligatorias no equivale a que esos estudiantes no tomen cada tarde sus libros y apuntes y repasen lo impartido esa mañana, y casi con total probabilidad durante más tiempo del que los nuestros dedican a ejecutar sus deberes. La clave no es ni más ni menos que una abismal diferencia de mentalidad y contexto social. Piensen ustedes en un grupo de nuestros alumnos españolitos (o en ustedes mismos en el momento de serlo) a los cuales no se les ha ordenado ninguna tarea obligatoria para una determinada tarde en ninguna materia. Salvo que tengan algún examen de forma inminente (y aquí inminente equivale a uno o dos días vista como mucho) la inmensa mayoría de ellos asumirían esas horas como tiempo de ocio.
Un par de veces he sido “amenazado” por algún pupilo espabilado afirmando que se va a aprobar una ley por la que no les voy a poder mandar deberes. Mi respuesta, sorprendente para ellos, se la reproduzco a continuación. Si hablo egoístamente, tanto a mí como a cualquier docente nos vendría de maravilla el hecho de olvidarnos de los deberes: no perderíamos sus diez minutos mínimo de cada clase en la correspondiente corrección, lo cual nos permitiría con más facilidad cumplir nuestros temarios, y además el cálculo de la nota de cada alumno sería tan sencillo como una media aritmética objetiva de las pruebas escritas, olvidándonos de tener en cuenta el factor del trabajo en casa. Repito que esto es una opinión completamente egoísta, ya que no me cabe duda de que con este método la aceleración con la que caerían los resultados no tendría nada que envidiarle a la mismísima gravedad.
Podría divagar durante largos párrafos para defender esta costumbre tan insana para algunos pero mi autoimpuesto criterio de no eternizar mis entradas me obliga a aparcar mis reflexiones en este párrafo, invitando a cualquiera, defensor o detractor de los deberes, a corroborar, complementar o criticar mi postura y así comenzar un sano debate sobre esta cuestión.

lunes, 31 de octubre de 2016

Recomendación


Como hombre de ciencias que soy y que fui ya desde adolescente, siempre tuve algo atragantada la asignatura de lengua española, aunque vaya por delante que sí que me gustaba (prueba de ello es mi actual afición a escribir). Eso sí, algunas cosillas logré retener en mi limitada cabeza, y una de ellas fue el llamado metalenguaje, esto es, hablar del lenguaje a través del propio lenguaje. Pues bien, en esta entrada mi intención es metabloguear, palabrejo que me acabo de inventar y que vendría a ser algo así como hablar sobre los blogs en mi blog.
Cierto es que a día de hoy quizá posea un mayor auge el mundo de los canales de vídeos. Qué le vamos a hacer, la gente prefiere que les den las cosas mascadas y limitarse a ver y escuchar antes que leer. Con todo, los blogs siguen estando ahí presentes, resistiendo como gato panza arriba ante las emboscadas de los partidarios del vídeo y siendo un chaleco salvavidas para aquellos que no se consideran demasiado agraciados para filmarse o que meditan demasiado tiempo una frase antes de reflejarla (me incluyo en ambos grupos).
Igual que en la vida misma, en la existencia de un blog se pueden ir alcanzando diferentes hitos. Los más habituales son los que hacen referencia a alcanzar un cierto valor en algunos de los contadores: número de seguidores, de entradas, de comentarios, etc. Normalmente un bloguero se congratula cuando alcanza una de esas cifras conocidas como “redondas”. Es frecuente leer expresiones del tipo “este blog ha alcanzado la friolera de 100 entradas” o “ya hemos superado los 500 seguidores”. Permítame el lector un breve paréntesis para protestar por el desprecio que este hecho supone hacia el resto de números. ¿Por qué ha de ser el 247 más feo que el 100? ¿Sólo porque no acaba en cero? Protesta hecha, seguimos para bingo.
Ahora bien, no todos los logros de un blog se basan en números y en contabilidades varias, hay otros hechos que pueden ser indicadores bastante fiables de que ese rincón virtual está creciendo. Pregúntenle a cualquier dueño de estos entrañables lugares la cálida sensación al recibir de un homólogo escritor la petición de que los respectivos blogs sean mutuamente enlazados.
Pues bien, a día de hoy, acercándome a los siete años desde que comencé esta odisea cibernáutica, su humilde servidor tiene el placer de anunciar a su fiel tripulación la consecución de otro objetivo: la primera petición para que otro blog sea publicitado en éste que leen ahora mismo. No negaré que me invadió una infantil ilusión al recibir dicha propuesta hace unos días y que hubiera aceptado la invitación aunque la web que me hubieran sugerido publicitar hubiera sido más mala que el hambre, pero en este caso además el placer es doble al saber que el sitio propuesto es realmente interesante y con una calidad palpante, así que le deseo y le auguro un próspero futuro.
Pidiendo perdón a esa persona por el tremendo rollo que precede a la presentación de su rincón (ya saben ustedes que no acostumbro a ser demasiado directo) y respetando su solicitado anonimato, aquí les dejo, fieles lectores, la dirección de ese su blog:


Reiterando mis buenos deseos y aconsejándole que disfrute escribiendo en él, ya que es la forma en la que sus lectores también lo harán leyéndolo, personalmente tomo nota y lo incluyo en la lista de los sitios que gusto de visitar cuando viene a verme ese extraño visitante en estos tiempos llamado tiempo libre. ¡Mucha suerte, psicoanalistas!

sábado, 17 de septiembre de 2016

Predicando con el mal ejemplo


Es frecuente y lógico que el ser humano se alegre de las dichas de aquellos que considera familia o amigos. Si atendemos a la definición de amistad es normal que deseemos que nuestro compañero de pupitre supere con nota el examen, que a nuestro colega laboral le den un cargo importante y que a nuestro querido familiar le suban el sueldo. Ahora bien, quien les escribe considera, y tiene el amable lector total potestad para rebatirme si opina que yerro en esta afirmación, que esos prósperos deseos tienen un límite, y ese límite no es ni más ni menos que nuestra propia persona. Que mi compañero apruebe el control, por supuesto, pero con no más de un ocho y medio que es mi nota, que a mi colega le den un buen puesto en la empresa, pero siempre sin que se eleve sobre mí, y por descontado que mi cuñado, con el que tan buenos ratos paso, puede cobrar lo que quiera siempre que no sobrepase el umbral de mi salario. De no ser así, como seres cívicos y educados que somos, esbozaremos una gran sonrisa y felicitaremos a aquel que acaba de superarnos, pero en lo más profundo de nosotros mismos encontraremos esa incómoda sensación de sentirnos achicados y abatidos.
Mas, remitiéndome a una célebre frase hecha, siempre existe la excepción que confirma la regla, y en este caso dicha excepción viene personalizada por nuestra prole. Si son nuestros hijos los que nos han dejado a la altura del betún, no solamente no nos empequeñecerá sino que nos encontraremos en extremo orgullosos y ansiosos por proclamarlo a los cuatro vientos. Hago esta afirmación a día de hoy cuando ya tengo el honor de ser padre, pero quiero que conste en acta que esta misma opinión habitaba en mi cerebro desde mucho antes de serlo. De siempre he anhelado que cualquier fruto que pudiera engendrar con ayuda de mi santa esposa rebasara mi listón, que fuera mucho más guapo que yo (cosa que, a quién voy a engañar, no le iba a ser muy complicada), que superara mi nivel de estudios y, en general, que triunfara en todos los aspectos de la vida ninguneando mis escasas victorias. Prueba de este hecho que expongo es la célebre frase que los oídos de mis fieles lectores habrán asimilado en alguna ocasión y que reza algo así como “quiero darle a mis hijos todo aquello que no pude tener yo”.
Ahora bien, existe una abismal diferencia entre mi opinión arriba expuesta y la nefasta actitud de algunos padres que pretenden magnificar a sus descendientes a cualquier precio. Aun siendo conscientes de que esos chicos, como todo hijo de vecino, son imperfectos, en primer lugar se desviven por pulir esos defectos (lo cual no sería reprochable de no ser porque a veces esa insistencia se convierte en una tortura para que salten obstáculos mucho más altos que sus propias limitaciones), y si esto no funciona, harán lo inhumano por ocultarlo ante los ojos del prójimo, pasando por la mentira si es preciso. Existen miles de ejemplos, como la típica ornamentación en las notas ante los ojos del vecino del cuarto, pero quisiera centrarme en el aspecto deportivo.
Cuando uno visualiza un partido entre infantes o adolescentes lo que espera ver es un grupo de chicos o chicas que gustan de practicar ese deporte y que disfrutan haciéndolo. En ocasiones es así, pero el verdadero espectáculo se encuentra, paradójicamente, entre los espectadores. Padres al borde del infarto por el fallo del hijo, madres que amenazan al jugador rival que le hizo falta a su retoño, abuelos insultando al árbitro porque consideran que perjudica a su nieto, el pan nuestro de cada día, mas un pan duro y enmohecido. Deseo pensar que en estos vergonzosos momentos dichos progenitores se olvidan de que son el espejo en el que sus hijos se miran, ya que de actuar así siendo conscientes de este hecho se triplicaría la mala imagen que sobre ellos cae ante mis ojos, pero aun sin que su conciencia se percate de ello el efecto es similar: están promulgando un nefasto modelo para su descendencia. Permítame el lector recurrir a palabras de Albert Einstein para darle el toque culto a este ensayo. “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”, dijo en alguna ocasión el físico. Así pues, con estos modelos dichos chicos aprenderán a no aceptar sus errores, a culpar a cualquiera que tenga a mano de sus propios fallos y a no acatar de buen grado una derrota.
Todos quisiéramos tener en nuestro libro de familia al futuro fichaje del campeón de la Champions, al científico que descubra la cura del cáncer o al solista del grupo con más discos de platino pero, nos guste o no, esto no podemos elegir. Puede que tu hijo haya nacido con una torpeza innata para patear un balón, que le cueste horrores resolver una simple ecuación o que tenga el mismo sentido musical que una vaca, cosas que por más que nos empeñemos no podremos cambiar. Pero lo que sí podemos hacer y para lo que no se precisa ninguna habilidad extraordinaria es hacer de nuestros sucesores personas sensatas, honradas, humildes, sensibles, trabajadoras y educadas. Vamos, lo que vulgarmente se conoce como “una buena persona”.

viernes, 19 de agosto de 2016

Pendiende del dependiente


Supongo que quien más o quien menos todos ustedes habrán oído hablar de la ley de Murphy. Sí, esa misma, esa que afirma que si algo puede salir mal, saldrá efectivamente mal, o en su versión concreta más afamada, que si una tostada se te cae al suelo siempre caerá dejando hacia abajo el lado de la mantequilla. A raíz de ahí se han divulgado una inmensidad de otros casos particulares de esta regla. Permítanme enunciar uno con los que más me siento identificado, al que sarcásticamente han llamado principio de Aspirino, y que viene a decir que cuando se abra la caja de un medicamento siempre se hará por el lado donde está el prospecto. Pues bien, deseando que no exista algo similar, hoy me tomo la libertad de enunciar otro nuevo caso de esta ley, el que voy a llamar principio del dependiente: si entras a una tienda con la simple intención de mirar o echar un ojo, se te vendrán encima varios dependientes ofreciéndote su ayuda y preguntándote de todo; sin embargo, si vas necesitando a alguien de la empresa para realizar una consulta, no habrá nadie hasta donde te alcance la vista o si los hay estarán ocupados y con algún otro cliente indeciso que no lo soltará hasta pasados varios minutos.
Lo sé, es un enunciado demasiado largo, eso tengo que perfeccionarlo, pero creo que la idea está clara. Si acaso soy el único al que le ocurre esta curiosa circunstancia rogaría a mis amables lectores que me lo hicieran saber, pero no creo ser alguien tan excepcional y especial. Y, la verdad, no sé cuál de las dos partes del principio del dependiente me resulta más molesta, si la de ser avasallado cuando quiero recrearme en mi desinteresado ojeo por la tienda o la impotencia de no conocer algún dato de ese producto de mi interés y no dar con alguien a quien consultárselo.
Por una parte, ¿quién no ha cruzado alguna vez el umbral de un establecimiento con la intención de, o bien solamente mirar, o bien estudiar concienzudamente los detalles de las distintas opciones que podrían satisfacerle? Especialmente cuando de algo cuyo coste económico no es precisamente insignificante, a muchos nos gusta meditar nuestra elección y no comprar sin más la recomendación del interesado vendedor ansioso de una suculenta comisión. Incluso en ocasiones, cuando el esclavizador reloj lo permite, aguardamos disimuladamente a escasos metros de la entrada esperando a que se nos adelante alguien que nos sirva para entretener al dependiente. Pero ni con esas. O bien surgirá como de la nada un segundo vendedor que aniquilará nuestro estratégico plan o, tal vez, el encargado que habíamos dejado ocupado con nuestro predecesor apenas ha estado unos segundos con él y no nos da opción a recrearnos. Al final, no sin cierto sentido de la culpabilidad, hemos de decirle que solamente queremos mirar o que debemos meditar un poco más nuestra opción. Lo normal es que de esta manera se aleje unos metros de nosotros, no sin antes recordarnos su próxima presencia para lo que gustemos, pero ya no podremos evitar sentirnos vigilados y coaccionados en cada uno de nuestros movimientos.
Por otra parte tenemos esas situaciones en las que nos es vital el apoyo de algún experto que domine el tema sobre el que estamos investigando. ¿Dónde diablos pone si este maldito microondas tiene función de grill? Leídas las seis caras de la cúbica caja no se ha resuelto la duda. Preferiría no hacerlo, pero la necesidad impera a que busque a algún vendedor, aún a riesgo de que me confirme que sí que lleva grill pero que me recomiende otro modelo, casualmente más caro pero infinitamente mejor. Giro a la derecha, giro a la izquierda, nadie del local. Busco por los pasillos contiguos, sigue sin haber nadie con la placa o el uniforme de la tienda en cuestión. Por fin, casi en el otro extremo del almacén diviso un trabajador de la empresa. Porca miseria, está ocupado con una indecisa pareja que no es capaz de decantarse entre un bolígrafo de punta fina o de punta gruesa. Espero a que acaben situado de brazos cruzados a un metro y medio y con gesto que denote evidentemente que necesito de su colaboración. Al fin la dubitativa pareja se decide y puedo interrogar al dependiente sobre el dichoso microondas. “Lo siento, caballero, pero yo no soy de esa sección. Váyase allá y enseguida le mando a alguien de esa zona”. Resignado obedezco mientras miro impaciente mi reloj de pulsera y hago mis cábalas sobre si seré capaz de llegar a casa a la hora del partido.
Evidentemente se han exagerado ligeramente las situaciones, pero de forma más o menos pronunciada es lo que suele ocurrir en un elevado porcentaje de las ocasiones. Desde mi limitada mente sólo se me ocurren dos explicaciones con cierta coherencia. La primera, la justificación más socorrida de la historia, es echarle la culpa a la suerte, pensar que todo es fruto de un capricho del azar. La segunda, que estos honrados trabajadores, ora por su preparación, ora por la experiencia, tienen desarrollado un sexto sentido por el cual intuyen con cierta efectividad en qué condiciones entra cada posible cliente. Los que entren como se ha descrito en el segundo caso necesitan al vendedor, así que no hay prisa en atenderlos, esperarán casi lo indecible con tal de aclarar sus ideas; sin embargo los del primer caso pueden salir del local en cualquier momento con las manos vacías, así que hay que abordarlos de inmediato, no se vayan a escapar vivos.

lunes, 4 de julio de 2016

Humilde dedicatoria

Mediaba el pasado mes de septiembre cuando, a pocos días de iniciar un esperanzador curso, me incorporé a mi nuevo centro. Con mis compañeros recién conocidos y con mis ideas más o menos claras, había que pasar a la elección de cursos. Siendo el último mico de tan amplio departamento, mi fuerte deseo de escaparme por un año de ser tutor se atisbaba harto difícil de cumplir.
Guiado por mi instinto matemático y asumiendo que otro curso más recaería sobre mí la responsabilidad de tutelar a un grupo de perdidos adolescentes, opté por elegir un grupo de primero de bachillerato como mal menor, esperando que tuvieran la suficiente madurez intelectual como para pasar un año tranquilo. A día de hoy puedo afirmar que la decisión fue completamente acertada y que esta vez la suerte me hizo dar con unos jóvenes más salaos que las pesetas.
Pocas veces he congeniado tan bien con un grupo, así que, cuando ocurre, hay que exprimir con descaro y sin piedad esta excelente relación para sacar lo mejor de ambas partes.
Tal fue el buen rollo reinante que no pude (ni quise) rechazar vuestra oferta para comer con vosotros, invitación del todo grata y en la que disfruté de vuestra compañía, además de recibir de vuestra parte una ofrenda muy práctica que os agradezco de corazón.
Precisamente fue en el transcurso de ese agradable mediodía cuando recibí de algunos de vosotros la petición de un último favor: la inclusión en este diario de a bordo de unas palabras con un breve mensaje de decicatoria para vosotros. Cumplida mi promesa, ahora es mi turno para pediros algo. Al acabar la entrada volved al inicio y releedla en vertical, solo tomando la primera letra de cada línea y obviando el resto. Con eso quedará completo mi agradecimiento.
Buen verano a todos y ojalá el destino nos vuelva a juntar.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Pasando el peatón

Soy una rara avis. Vamos, lo que de toda la vida se ha llamado un bicho raro, pero ese latinajo me parecía mucho más culto para inaugurar la entrada. Atentos que comienzo a enumerar: me gusta la música clásica, soy completamente abstemio, me tapo por las noches al dormir aunque sea pleno verano, no sé hacer pompas con un chicle, prefiero los gatos a los perros y permito pasar a la gente en los pasos de peatones.
Quizá sea esta última afirmación la más sorprendente para más de uno, lo desconozco, invito a mis amables lectores a que me obsequien con su opinión sobre el grado de rareza de estas características, pero lo que es innegable es que el número de conductores que respetan esas blancas líneas paralelas está en constante decrecimiento. Este es un dato que he podido corroborar personalmente cuando abordo la calle como viandante y preciso cruzar una avenida por una zona habilitada para ello. Si el vehículo se divisa a una distancia decente acostumbro a ejercer mi derecho y, ni corto ni perezoso, camino dirección a la otra acera. El conductor, maldiciéndome mentalmente por los segundos que le voy a alargar su viaje, solamente ve dos opciones: o bien cambia el pie derecho de pedal y decelera paulatinamente (o no) hasta inmovilizar su auto mientras observa como un servidor cruza, o bien comete un delito, por lo que suelen optar por la primera opción. Ahora bien, si la cercanía del coche y su velocidad no hacen pensar en una hipotética frenada, mi fuertemente desarrollado instinto de supervivencia me obliga a permanecer inmóvil mientras el coche en cuestión me da la espalda, tras lo cual no suelo reprimir, con la esperanza de que el conductor mire por el espejo retrovisor, un gesto de desprecio con mi mano o, cuando la velocidad del turismo es extrema, algún que otro corte de mangas.
Es obvio, pues, que como peatón tengo muchas quejas sobre el uso de estos lugares cuyos colores recuerdan a ese cuadrúpedo africano. Lo curioso del asunto es que también las tengo como conductor. Me explico. Todo empezó el día que me examiné de la parte práctica del carné de conducir (por cierto, aprobé a la primera, nunca es mala ocasión para fardar un poco de esto). Con la lección bien aprendida, cada vez que nos aproximábamos a un paso de peatones oteaba a ambos lados para comprobar la posible presencia de transeúntes. Pero sucedió que la hermana duda asomó a mi mente cuando, oh maldita e inesperada sorpresa, en una de estas trampas se encontraba una señora de mediana edad pero no exactamente en la zona abarcada por las líneas blancas sino aproximadamente a un metro o metro y medio. En décimas de segundo decidí no dejarla cruzar, y no sé si fue la decisión correcta o no pero afortunadamente no influyó en mi aptitud. Eso sí, si este detalle me hubiera hecho tener que repetir el temible examen creo que me hubiera acordado de esa señora durante mucho tiempo.
En mis taytantos años como conductor se me han dado bastantes situaciones similares. Destacan casos como el de esta mujer que pretenden que se les permita pasar estando a dos metros del lugar indicado y gente que no tiene otro lugar para esperar al amigo con el que han quedado justo en el inicio del paso de cebra pero que, aunque su posición invita a pensar que pretende caminar por él, en el fondo no tiene ninguna intención de hacerlo. También tenemos esas marujas que casualmente se encuentran en la mitad de este lugar de la calle y, ni cortas ni perezosas, comienzan ahí mismo a contarse su ajetreada vida, y para completar este camarote de los hermanos Marx tenemos el típico abuelote que, tras hacerle un gesto para que comprenda que le cedes el paso, te devuelve la cesión e incluso comienza casi a dirigir el tráfico.
En definitiva, que ni el bueno es tan bueno ni el malo es tan malo. Es cierto que la gran mayoría de conductores parecen haber olvidado el significado de estas gruesas líneas blancas, pero si como peatones queremos exigir que se penalicen estas infracciones cumplamos previamente con nuestras obligaciones y hagamos un buen uso de nuestra única posibilidad para atravesar una vía.

miércoles, 13 de enero de 2016

Agradecimientos


Sabe perfectamente tanto el fiel navegante que sigue este blog desde su inauguración como el estrenado lector recién subido a bordo que este cuaderno de bitácora es, como ha sido definido eventualmente, un blog de autor, esto es, un mero rincón que permite a este humilde aprendiz de escritor divagar sobre los temas más variopintos sin ninguna pretensión en cuanto al número de lectores o visitantes. No obstante, y ya que lo cortés no quita lo valiente, este hecho no implica que el comandante de esta nave no reciba un empujoncito en su autoestima si se percata de que alguna de sus entradas o de sus disquisiciones recibe algún agradable comentario o un número importante de visitas.

Es por eso que, cada vez que un servidor accede al menú de este sencillo blog, me es inevitable cotejar el número de curiosos lectores que danza entre mis párrafos en los últimos días. Ese valor suele ser tan pírrico que mi sentido de la decencia me impide exponer ese dato, aunque para que el amable lector se haga una idea anotaré que ese valor rara vez supera las tres cifras… en lenguaje binario (pequeño chiste que entenderá sin problema aquel con ciertos conocimientos matemático-informáticos). Pues bien, el caso es que hace unas semanas me tuve que frotar los ojos para cerciorarme de que ese índice de visualizaciones se había multiplicado por cinco o por seis en ciertos días puntuales. Hecho completamente insólito en la corta historia de esta web.

La primera justificación que anidó en mi mente fue la posibilidad de que el azar hubiera querido que introdujera en algún artículo ciertos polisémicas vocablos con alguna connotación de rabiosa actualidad pero alejada por completo de su contextualización en el ensayo. Por ejemplo, quizá hubiera tecleado la primera persona del plural del presente de indicativo del verbo poder en plena campaña electoral. Pero no, la explicación era más sencilla y satisfactoria para quien les escribe. Aquellas visitas no habían llegado guiadas por el caprichoso azar, sino por su libre albedrío, y no eran ni más ni menos que varios de mis alumnos.

Como se ha expresado arriba, el placer de saberse leído no se corresponde con el escaso interés que pongo en publicitar el blog, ya que esta propagación se limita a incluir en la firma de mi correo electrónico, junto a la cita de Woody Allen de turno, una sugerencia, aunque en imperativo, de visita virtual por este rincón. Prácticamente olvidado de este hecho, otorgué a mis alumnos mi dirección electrónica para cualquier eventual duda, comentario, sugerencia, petición o soborno. Más de uno aceptó este ofrecimiento y fue así como la dirección de este mi hogar virtual llegó a sus manos. Y lo agradable del asunto es que no solamente llegaron a este rincón, sino que muchos de ellos se quedaron y, cuando los malditos profesores les dejamos algún escaso hueco sin deberes ni exámenes, se complacen en leer alguno de mis desvaríos pasados.

Puro peloteo, estará suponiendo el ávido lector que sigue a rajatabla aquello de “piensa mal y acertarás”. No juraría lo contrario, pero mi tendencia es a pensar que no es así, ya que muchos de ellos no confesaron haberme leído hasta que otros lo hicieron previamente. Supongo que si yo, en un desesperado intento por engatusar a alguien del cual espero un trato favorecedor, quisiera alagar sus escritos, buscaría la forma de que lo supiera sin necesidad de esperar a introducir un mero “yo también” tras el reconocimiento de otro compañero. Así pues, y recordando aquellos versos de Víctor Manuel en que decía “si alguien nos dice te quiero, aunque sea mentira se debe creer”, su humilde servidor se queda más a gusto que un arbusto creyéndose que realmente sus entradas gustan a un pequeño grupo de adolescentes deseosos de conocimiento o, quién sabe, de controlar un poco mejor las ideas de aquel que intenta enseñarles algo de matemáticas.
En definitiva, solamente me resta lo que el título de esta entrada indica, esto es, agradecer sinceramente a estos mis noveles tripulantes su interés y su apoyo, el cual he querido corresponder dedicándoles estos sinceros párrafos. Supongo que ellos hubieran preferido el agradecimiento en forma de algún punto extra en alguno de los exámenes que aún compartiremos, pero ya que mi honradez profesional y mi intacto sentido de la moral me lo impiden, se tendrán que conformar con mi promesa de un trato lo más justo posible y de mi máximo cariño cuando sea el momento de corregir sus sufridas pruebas.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

El respeto al difunto


Hace ya algunos, bastantes años (no recuerdo el dato exacto y, sinceramente, no tengo ganas de buscarlo en Wikipedia) que abandonó este mundo un personaje al que podríamos definir, por empezar con adjetivos livianos, como singular. Me refiero al que fuera alcalde de Marbella y presidente del Atletico de Madrid, sí, ese mismo, Jesús Gil. Sinceramente, desde el momento en que comencé a saber de él, a escuchar sus ridículos comentarios, a leer sus incoherentes declaraciones o a observar sus payasadas en esa cadena televisiva que parece que desea inmortalizar su espíritu promoviendo el mismo tipo de programas absurdos y de mal gusto, desde ese momento, decía, me cayó tal cual me caería una buena patada en la barriga tras haberme metido entre pecho y espalda una de las suculentas y copiosas cenas de Nochebuena de mi abuela.
El caso es que era una de estas personas que difícilmente te dejan indiferente. O bien empatizas completamente con él e incluyo lo admiras, o bien te repele cual olor a pescado podrido. No obstante me aventuro a decir, sin haber realizado ningún estudio ni estadística al respecto, que aquellos que nos incluíamos en el segundo grupo superábamos notablemente a sus simpatizantes. Así pues, mientras aún seguía entre nosotros dando guerra, no era extraño escuchar, tanto en medios de comunicación como en conversaciones entre amigos, calificativos referidos a su persona como payaso, fantasma, energúmeno, bruto, engreído, malnacido y otros más soeces que omitiré para que este humilde blog aún mantenga un mínimo de buen gusto en el uso del léxico.
Pero, cual disco de vinilo que llega a su fin, cuando le sobrevino la parca a este personaje también desaparecieron todos estos comentarios despectivos. Parece que en ese momento en el que alguien nos abandona solamente está permitido evocar sus buenas acciones en vida, y si no hubo se inventan. No estoy diciendo, me libre de ello cualquier divinidad que circule por el etéreo, que debiéramos alegrarnos de esa defunción, y si es que fuera ese caso no debería expresarse más allá de nuestra propia mente. No diré que no existan, pero son pocas las personas de las que debiéramos desear que la dama blanca las acompañara a algún lugar donde no pudieran hacer daño a sus semejantes. Pero esto no significa que debamos cambiar tras su muerte nuestra opinión sobre aquellos seres que en vida no nos congratulaban. No entiendo por qué en su momento nadie, o casi nadie, dijo de este elemento algún comentario similar a “no es que me alegre de su fallecimiento, pero desde luego era un caradura y un capullo integral” (¡hala, al garete el buen gusto en el uso del léxico!).
He personificado esta opinión en un caso concreto, pero desde luego que es perfectamente válida para una infinidad de individuos, cercanos y conocidos personales o distantes y a los cuales solamente conocemos a través de los medios. De la misma manera que a día de hoy creo que nadie tendría ningún reparo en amontonar sobre el nombre de Hitler los más despiadados insultos y los más terribles deseos, no deberíamos reprimir nuestras opiniones sobre aquellos que nos dejaron. Lo sé, no se puede comparar a un exterminador de vidas con el vecino del tercero que agacha la cabeza para no saludarnos si el azar nos cruza en el portal, pero el día que este vecino mío falte seguiré pensando que era estúpido con avaricia.
Supongo que la explicación reside en pensar que el hecho de saber que un difunto no podrá escuchar, y por tanto rebatir, nuestras críticas hacia su persona nos puede hacer sentirnos más cobardes, a pesar de que en el caso de que la persona en cuestión aún viviera raramente le daríamos nuestra opinión a la cara, o por respeto y por demostrar nuestra exquisita educación o, en el caso de personajes públicos, porque por más que lo intentamos no conseguimos concertar una cita con ellos. Pero precisamente por ese motivo, ¿qué más nos da que el sujeto esté criando malvas o, simplemente, con sus tímpanos lejos de nuestras cuerdas vocales? Así pues, permítanme que defienda que el hecho de que alguien esté o no entre nosotros no condicione ni nuestra opinión ni lo que comentemos abiertamente sobre quien corresponda.

jueves, 3 de septiembre de 2015

De moda en moda


Todo el mundo sabe lo que es ir a la moda. Es más, casi todo el mundo sabe lo que en una determinada época, más larga o más corta, está de moda, mundialmente, nacionalmente o simplemente en tu ciudad, barrio o calle. Y si no se conoce, no resulta demasiado complejo averiguarlo: salir a la calle, ver la televisión, mirar los carteles publicitarios de la carretera, pasearse por las tiendas, escuchar discretamente las conversaciones vecinales… Hop, en escasos minutos podemos haber recapitulado perfectamente una importante montaña de objetos, personas, estilos que están in, como se dice ahora. Así pues, quien realmente desea estar a la moda no lo tiene demasiado difícil.
La pregunta que se hace este humilde navegante no es la que puede parecer tan evidente, esto es, si debe uno esforzarse por estar al día o debe seguir sus propios gustos de forma subjetiva sin verse influenciado por los de sus amigos, familiares o compañeros. Mi respuesta, por no dejar lectores ávidos de conocer un poco más a quien les escribe, sería sin duda la segunda, pero insisto que no es el tema a tratar en esta entrada. La pregunta es, ahí va de una vez por todas, ¿cómo surgen las modas? O más bien, ¿quién decide lo que está a la última y lo que no?
Personalmente se me ocurren dos posibles opciones, más las que posteriormente nazcan de una adecuada síntesis de ellas, dando mayor peso a la que se considere. Tal vez una determinada moda la imponga un grupo de gente, un número de personas, mayor o menor en función de la extensión terrestre donde se pretenda instaurar, que bien por previo acuerdo o bien por el caprichoso azar, deciden coincidir en un determinado aspecto de su imagen, de sus gustos o de su estilo de vida. Tal vez, sería la otra opción, alguien con el suficiente poder como para manejar ciertos medios de comunicación o empresas con acceso a un importante público sea quien decide que tal objeto o tal manera de actuar sea la que deba triunfar en los próximos meses. Tal vez, como mencioné más arriba, sea una combinación entre ambas posibilidades previamente ponderada.
Si me permiten expresar una opinión completamente subjetiva, mi síntesis tendría un porcentaje bastante mayor, digamos como un ochenta, de la segunda posibilidad y un veinte de la primera. Me baso para decir esto en que, si bien las casualidades están ahí y pueden dar alguna que otra sorpresa, no me parece excesivamente probable que tanta gente sienta predilección por algo simultáneamente en el tiempo. Se me viene con estas palabras un caso a la mente, una película de animación que, personalmente, su visualización me dejó “congelado”. Confío en que el avispado lector sepa deducir el título del filme sin obligarme a hacerle una publicidad tan gratuita como innecesaria. En cualquier caso la idea que pretendo transmitir es que la calidad de esos dibujos no se me antoja ni de lejos acorde a la inmensidad de productos que a día de hoy son acompañados con las imágenes de sus protagonistas. Obviamente para gustos los colores, pero a mi escéptica mente le cuesta horrores aceptar que millones de infantes en todo el ciego planeta se hayan puesto de acuerdo en admirar y apostar por estos personajes. Más bien mi abstracto y a veces retorcido cerebro tiende a priorizar la posibilidad de que, viendo que el filme, aunque esta opinión es extrapolable a cualquier otra obra o característica, ha tenido un relativo aunque no desmesurado éxito, algún ingenioso visionario y genio de los negocios se haya propuesto inculcar al resto de jóvenes, aquellos a los que la película tampoco es que apasionara, la sentencia de que si no se hacen con sus pegatinas, camisetas, platos, bragas y calzoncillos, cepillos de dientes, carpetas, fundas para la tablet, comida para el perro y cordones para los zapatos, digo, si no poseen todo eso se encontrarán fuera de la onda, sus compañeros los rechazarán por bichos raros, quedarán marginados, nadie hablará con ellos y acabarán el resto de sus días solos sin una triste alma en pena que los entienda.
Me he tomado la licencia de ejemplificar mi tesis con el género juvenil por ser considerado más moldeable y asequible al engaño, pero aquellos que sobrepasan ya la mayoría de edad, ya sea con mayor o menor margen, no están exentos de estos bombardeos, y si es así es porque ese acoso suele venir acompañado de resultados más que satisfactorios.
Un par de conclusiones para poner la guinda a esta entrada. En primer lugar, desear sin demasiada esperanza que los peces gordos nos dejen escoger lo que nos atrae y lo que no sin condicionamientos. En segundo, si mi teoría tiene algo de cierto, cualquier cosa se podría poner de moda con la suficiente inversión. Es decir, que si algún magnate con suficiente poder tuviera interés podría convertir este humilde blog, cuyo número medio de visitas diarias omitiré porque mi escaso sentido del orgullo me impide dar ese ridículo dato, en uno de los portales virtuales más visitados a nivel nacional. Ahí lo dejo caer.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Confirmando la edad

Ando ya por los treinta y tantos tacos. Como otra mucha gente que proviene de finales de los setenta o principios de los ochenta, me he criado con Espinete, he jugado a las canicas, he suspirado para que en algún maldito sobre apareciera el cromo de Michael Laudrup, he bailado como un payaso la Macarena y me he confirmado. Puede parecer que esta última afirmación se sale un poco de la línea del resto de tópicos sobre esa dorada época, pero deben de ser muy pocos los españoles de esa quinta que no recibieran ese sacramento. Era una serie que se hacía casi por inercia: se te remojaba el cogote recién nacido para que quedaras bien bautizado (y así dejaras de ser moro, como dicen los cuentos de viejas), luego con ocho o nueve años te daban una buena hostia y así hacías oficialmente tu primera comunión y, unos años después, supuestamente con más uso de razón, el clérigo de turno oficializaba la confirmación, prueba de que ratificabas los dos sacramentos anteriores.
Uno de los enigmas que nunca alcancé a entender de este sacramento era variedad en la edad a la que había de recibirse. Al igual que la edad para comulgar siempre ha sido más o menos fija, no ha sido así para la confirmación. Personalmente me confirmé con diecinueve añacos y ya cerca de peinar canas, aunque fue por una circunstancia excepcional, la gente de mi grupo era un año menor. Pero el caso es que diversos conocidos, familiares o compañeros de estudios, ya habían realizado este acto con diecisiete o, incluso, dieciséis primaveras. Podría parecer que todo dependía del momento en el que uno se sintiera preparado o, tal vez, de la intensidad de sus ganas de fiesta y jolgorio (me inclino más por esa opción).
Pues bien, a día de hoy, un trío de lustros después y con el número de canas multiplicándose, mi trabajo como docente me permite y obliga a estar en contacto constante con adolescentes. De tal forma, me resulta inevitable en frecuentes ocasiones enterarme de sus comentarios e inquietudes, bien porque ellos mismos no tienen pudor alguno para ocultármelo o, incluso, contármelo abiertamente, bien porque, aunque lo estén hablando en un segundo plano, un servidor saca a la maruja que lleva dentro y conecta la parabólica para sintonizar la onda adecuada. Sea como fuere, la realidad es que cuando el mes de mayo se divisa el tema de la confirmación suele estar a la orden del día. Es gracias a esto que conozco por diversas fuentes que la edad habitual en estos tiempos para recibir este sacramento es la de quince años o, incluso, catorce. Traducción: en escasas dos décadas la edad usual para confirmarse se ha reducido aproximadamente unos cuatro años, lo que puede parecer insignificante en personas algo más maduras pero que en plena adolescencia supone más de un veinte por ciento, lo cual no es moco de pavo.
¿Tiene este adelanto temporal alguna razón lógica? Un servidor tiene una hipótesis que, con permiso del lector, paso a exponer. Recuerdo que muy poco tiempo después de ser confirmado fue cuando mis valores eclesiásticos comenzaron a derrumbarse y comencé a sentir cierto repelús por el clero. Fue una época de cuestionármelo todo, de ver sinsentidos diversos y de hacer tambalearse todos los cimientos que durante casi dos décadas se habían ido consolidando. En principio mi teoría se basó en que esa época de apostatar coincidió con mis inicios como prototipo de científico en la facultad de matemáticas, aunque a fecha de hoy tiendo a pensar que es cuestión de edad, de que llega un momento en la vida de la mayoría de personas en que comienzan a cuestionarse ciertos temas. En los ochenta y noventa esa edad no solía adelantarse al momento de la confirmación, ya que los efectos de tanto domingo en misa escuchando que iremos al infierno solían durar hasta esa etapa; a día de hoy, sin semejante colchón eclesiástico, existe la posibilidad de que ese replanteamiento de los valores pueda adelantarse en el tiempo. Con esta precocidad confirmativa todos salen ganando: nuestra alocada juventud logra anticipar un buen motivo para una salvaje fiesta casi un lustro; la iglesia, ese organismo al que cada año cedo una porción de mi declaración de la renta (léase en tono sarcástico), por su parte, evita que una importante masa adolescente piense de más y sufra una fulgurante crisis religiosa antes del tercer sacramento.
Esta es mi teoría, por supuesto digna de críticas y posibles argumentos en contra pero, al menos eso creo, perfectamente lógica.

lunes, 13 de julio de 2015

Aceptando lo inaceptable


Más de uno me podrá achacar que, como matemático confeso que soy, me deje los temas lingüísticos para aquellos que controlen más los asuntos literarios, pero, en contra de lo que muchos piensan, las ciencias y las letras no están en absoluto enfrentadas. Para muestra un botón, este humilde servidor que, si bien profesionalmente se gana las lentejas gracias a números, algoritmos y raíces cuadradas varias, es un ferviente defensor del buen escribir y que, no en vano, hace lo posible por sustentar este pequeño rincón virtual a base de ensayos de calidad discutible.
Es por esto que me siento en pleno derecho de emitir una enérgica crítica contra una institución que, por otra parte, admiro y respeto como es la Real Academia Española. Cada año surgen inevitables polémicas cuando llega una nueva hornada de vocablos nuevos, pero no va por ahí mi indignación. Soy perfectamente consciente de que la humanidad avanza, la tecnología también, las modas cambian y nuestro lenguaje debe adaptarse a los nuevos tiempos. No tendría sentido, por ejemplo, que a día de hoy la RAE no aceptara términos como Internet o móvil. Es cierto que en ocasiones se cuelan vocablos demasiado precipitados y que no han llegado a ser tan aceptados como para que su inclusión no genere polémica, pero bueno, este punto lo puedo perdonar.
Lo que no me siento en disposición de indultar es cuando, por el frecuente mal uso dado desde el populacho, se aceptan como válidas palabras, conjugaciones o expresiones que anteriormente se consideraban errores gramaticales o sintácticos. Disculpen mi osadía, señores académicos, pero me parece una actitud bastante cobarde el hecho de que la forma de evitar que se caiga en un error sea dejar de considerarlo como tal. Salvando las distancias, pero me van a permitir que realice una extremista comparación. Imaginen que, de repente, se multiplica exponencialmente el número de hombres que agreden físicamente a sus respectivas parejas. Nuestra seguridad estatal, o el organismo competente, no puede aceptar que en nuestro país se cometan tantas ilegalidades, así que decide que el maltrato físico al cónyuge esté tolerado y así se erradican de una tacada cientos de miles de delitos. Suena ridículo y completamente ilógico (y si a algún lector le parece realmente una solución adecuada le invitaría amablemente a abandonar este rincón virtual para no volver nunca más). Pues bien, esta irreal situación la veo bastante equivalente, insisto, salvando las distancias, ya sé que hablando o escribiendo mal no se le hace daño físico a nadie, tal vez simplemente a su oído o su vista pero no más, decía, me parece equivalente a las aceptaciones de la RAE.
¿Quieren casos concretos? Faltaría más, allá vamos. Solo. ¿Adverbio o adjetivo? Hasta hace no mucho se podía diferenciar su función por una tilde o su ausencia sobre la primera vocal. Ahora, aunque muchos seguiremos escribiendo la tilde cuando de un adverbio se trate incluso sin estar obligados a ello, tendremos que calentarnos la cabeza cuando leamos ese vocablo sin tilde y nos tocará investigar cuál es su función. Otra. ¿Saben ustedes lo que es un murciégalo? Sí, un murciéGaLo, ese mamífero con alas nocturno que se asocia con frecuencia a los vampiros. Vamos, lo que de toda la vida de Dios ha sido un murciélago. Pues bien, si por algún motivo usted, amable lector, tenía interiorizado el error de intercambiar la ge con la ele, ya no tiene que preocuparse, ya habla usted perfectamente, al menos esta palabra. Y así otras como toballa o almóndiga. ¡Manda uebos! (sí, también se acepta así).
Acabaré poniendo un último ejemplo que afecta a mi condición profesional. Exágono. No me pueden negar que acaban de sentir un dolor de ojos similar a una patada en los riñones. Pues, en efecto, también está admitido. Lo que disfrutaba yo bajando décimas en aquellos exámenes en que aparecía mencionado el polígono de seis lados sin la hache inicial, y resulta que ya no es lícita esa penalización, pues la ortografía es correcta. Y no se piensen que es algo tan nuevo, esta aberración la descubrí hace más de diez años, a lo cual añadiremos el tiempo que ya llevara en circulación. Mi único consuelo es que al escribir esta entrada he vuelto a buscar este delito en la web de la RAE y, aunque sigue estando aceptado a día de hoy, aparece como “artículo propuesto para ser suprimido”. Algo es algo, podré volver a penalizar como se merecen aquellos controles con este gazapo, pero el avance es inexistente si, a cambio de que la hache vuelva a ser obligada en este hermoso polígono, son ahora mis compañeros de Ciencias Naturales los que deberán morderse la lengua y contener sus ganas de penalización cuando en un examen algún pupilo les ponga como ejemplo de  mamífero volador un murciégalo.

viernes, 3 de julio de 2015

Idolatrías varias

¿A quién pretendo engañar? Nadie puede negar que a todos nos reconforta sentir en nuestras propias carnes la admiración de propios y extraños. Pero, dado que recibir elogios de gente más allá de nuestro cercano prójimo suele ser harto difícil y estar solamente al alcance de una selecta minoría, escasas veces merecedora y en la mayoría de casos más fruto de un bombardeo mediático que de méritos reales, el más amplio abanico de los mortales hemos de conformarnos con la admiración de aquellos que nos rodean. En cualquier caso, aunque provengan de nuestros progenitores, del vecino del cuarto o de aquel envidioso compañero de trabajo cuyo fronterizo comentario puede parecer rayar el sarcasmo, la realidad es que un cariñoso halago siempre sienta bien.
En mis no demasiado abundantes años como docente reconozco haber sido frecuente objetivo de comentarios halagüeños provenientes tanto de mis (a veces) adorables pupilos como, incluso, de sus propios padres. No voy aquí a relatar todas y cada una de las muestras de cariño recibidas (aunque reconozco que sería un aceptable empujón para mi, en ocasiones malherido, ego), pero, como dice la canción, hay que dejarse querer. No me son extrañas reflexiones como “eres el mejor maestro que he tenido”, “contigo me están gustando las matemáticas”, “profesor, eres mi ídolo”, …
¿Ídolo? ¡¡¿¿Ídolo??!! Blip, blip, blip, alerta roja, salió a relucir la palabra maldita, ese vocablo al que temo como al mismísimo demonio. Aún desde mi ateismo diré que Dios me libre de convertirme en ídolo de nadie. Y no, créanme, porque no me guste que se me reconozcan mis méritos, pero de ahí a convertirme en ídolo de nadie hay una diferencia más que abismal. Quiero fervientemente pensar que los adorables alumnos que me dedican en ciertas ocasiones (tampoco tantas, no se crean) esas emotivas palabras no están asumiendo en su totalidad el concepto de ídolo, es decir, el de esa persona a la cual deseas asimilarte hasta en el más ínfimo detalle. El razonamiento lógico guión deductivo guión matemático es bastante elemental: yo no soy perfecto, pero toda persona debería tener la obligación moral de, aún asumiendo que la perfección no existe, acercarse lo máximo posible cual línea del horizonte. Por tanto, ¿qué interés debería tener nadie en parecerse a alguien que no es perfecto (de hecho, en mi caso alguien que está bastante lejos de este estado idílico)? Contradiría la premisa anterior de deber buscar la perfección. Conclusión, una de dos, o bien tengo alumnos excesivamente poco ambiciosos que dan por bueno parecerse a un ser que, con ciertas virtudes, no deja de ser un manojo de defectos, o bien, opción que quiero creer, su concepto de idolatría no es tan amplio y solamente hace referencia a algún aspecto de mi persona.
Me he permitido la licencia de ejemplificar mi opinión sobre la inconveniencia de las idolatrías con mi persona, pero mi comentario se hace perfectamente extrapolable a cualquier otro ser. Permítanme proponerles otro ejemplo bastante más extremo. Si alguien pudo reunir las características necesarias para convertirse en ídolo, al menos parcial, de los matemáticos del mundo, ese fue, sin duda, Gauss. Sin entrar en detalles sólo les diré que hizo méritos más que suficientes para ser considerado el príncipe de los matemáticos. Ahora bien, por lo que se ha escrito sobre él parece ser que su actitud siempre fue bastante prepotente y chulesca y que incluso antepuso sus trabajos matemáticos a una gravísima enfermedad de su esposa. Por tanto, ¿qué interés podría tener yo, como matemático y gran admirador del trabajo de Gauss, en convertirme en un chulo insensible? Francamente, ninguno.
La conclusión, así pues, creo que resulta sencilla. Como idolatrantes, no idolatremos personas, idolatremos algún aspecto de ellas, alguna faceta, algún trabajo, pero no a ellas, pues de buen seguro tendrán defectos; y como idolatrados, quien tenga la suerte de serlo, no pretendamos ser admirados por todo lo que hacemos, no ocultemos nuestros defectos y procuremos reorientar a aquellos posibles admiradores que quieran formarse a nuestra imagen y semejanza.

martes, 30 de junio de 2015

Adiós, Calipso

Es curioso. Cuando, hace ya quién sabe cuánto, decidí embarcarme en este viaje literario y virtual y adopté al héroe griego Odiseo como pseudónimo por su valentía de enfrentarse a los dioses, por su ingenio y por su casi eterno viaje por aguas del Mediterráneo, cómo iba yo a suponer que ahora, un lustro después, iba a hacer su aparición una nueva y curiosa similitud. ¿Conoce usted, amable lector, lo que le sucedió a Odiseo con la maga Calipso? Sí, Calipso, aquella ninfa radiante de belleza que un buen día engatusó a este viajante y lo retuvo durante varios años en su isla sirviéndose de sus encantos y de otro buen manojo de placeres materiales y espirituales. No me siento con el aplomo suficiente como para culpar a Ulises, por utilizar su variante latina quizá más conocida, por haber abandonado su interminable travesía plagada de obstáculos y haber cedido a ese amplio y, por qué no, merecido receso. Pero el viaje debía continuar. La Odisea merecía, sin duda, un final más hollywoodense y así nuestro admirado Odiseo prosiguió su marcha hacia su Ítaca natal.
Quizá, querido lector, no sea usted tan sumamente observador como para percatarse de la titánica diferencia temporal entre la anterior entrada y la presente, y no le culpo, creo que no llegué a dejar a tantos fieles apartados tras sucumbir a Calipso. Eso sí, si bien puede no ser observador, de buen seguro que es usted lo suficientemente curioso como para haber hecho ya ese cotejo de fechas y haber podido de tal forma corroborar que no tendría yo ningún derecho a culpar al bueno de Odiseo de su alto en el camino.
Pues así me encuentro, pretendiendo emular a mi idolatrado personaje, con la firme intención de retomar también mi odisea literaria, de seguir navegando por los mares de la mente y de la ilusión. ¿Que qué me ha hecho querer retomar este aislado y abandonado proyecto ya casi olvidado? No lo sé. Quizá una situación, una frase, un pensamiento, una persona, un gesto, un sonido, una canción, un sentimiento, una imagen. Qué más da. ¿Realmente es necesario un motivo para levar anclas y otorgar al viento permiso para que me sumerja de nuevo en las aventuras que el destino me tenga reservadas?
Allá vamos de nuevo, pues, girando el timón hacia un incierto destino, quién sabe si para llegar a Ítaca, si para seguir deambulando por la inmensidad marina, o si para avanzar escasas millas y desembarcar en alguna isla vecina tentado por la diosa de turno, quedando de nuevo mi pequeño rincón de la red dejado de la mano de Zeus. El tiempo, ese eterno curandero, lo dirá.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Morralla virtual

Hay ocasiones en las que uno lee un libro y acaba blasfemando contra él por su pésima calidad. A veces no se precisa ni realizar la lectura, basta con observar el título (en plan "memorias de la Pantoja" o "los cien mejores chistes de Arévalo") para pronosticar, con total éxito, la nula calidad de la obra. En todos estos casos se suele pensar, o al menos yo, que menudo gasto de papel inútil, que vaya árboles más tontamente sacrificados o que se podía aprovechar la tinta en cosas algo mejores. El caso es que esta misma sensación no se suele tener cuando uno ve el equivalente a estos "libros" pero en la red, una cantidad de lugares virtuales que bien podrían desaparecer y el mundo seguiría girando tan pancho.
Pero no solamente quiero hacer referencia a lo ridículo del contenido de algunas webs, que en efecto son para escupirle a la pantalla de nuestro ordenador, sino que quería hoy centrarme en el contenido superfluo de la red, en la colosal cantidad de material que se va copiando de un lugar a otro y que acaba por ocupar un porcentaje de la intranet que ni por asomo merece. Y para explicar, y a la vez probar empíricamente, mi teoría he querido realizar un pequeño experimento, el cual paso a exponer.
De todos es sabido que una de las páginas más recurridas a la hora del plagio descarado es Wikipedia. No voy aquí a indagar en la fiabilidad de sus contenidos (que podría), sino que simplemente deseo comprobar cuántas páginas comparten determinado contenido con esta enciclopedia. Para ello simplemente he realizado una búsqueda de algo suficientemente conocido, he copiado un párrafo considerable (no solamente dos o tres palabras) y he buscado en google cuántos resultados arrojaba con esos mismos vocablos y en ese mismo orden (con una búsqueda entrecomillada). En primer lugar he usado la entrada dedicada a Rafa Nadal y he copiado textualmente el siguiente párrafo:
Del mismo modo, también es el único tenista masculino de la historia que ha ganado en un mismo año (2010) tres Grand Slam en tres superficies distintas.
Pues bien, este texto de 27 palabras (google no permite, al parecer, buscar más de 32 palabras) y que contiene variedad gráfica (puntos, comas, paréntesis...) arroja la friolera de 3160 resultados. Casi nada. Si contamos todas las páginas que se han ido copiando unas a otras sin cambiar ni una coma obtenemos un total de 3160 webs (que serán 3161 cuando se publique esta entrada). A mí, personalmente, me parece una barbaridad que haya, de un plumazo, 3159 páginas que se podrían suprimir y la red no perdería información alguna.
Pero permítanme que no pare aquí, pues quizá a alguien le puede parecer que no son tantos esos resultados. Es posible que haya elegido una búsqueda algo particular, pues se trata de un personaje vivo y en activo, cuyos datos pueden ir cambiando con el tiempo. Hagamos lo mismo con alguien cuya vida, de buen seguro, ya no va a sufrir muchos cambios. Entremos en el apartado de Wikipedia dedicado a Mozart y seleccionemos un texto de 32 palabras, por ejemplo el siguiente:
En palabras de críticos de música como Nicholas Till, Mozart siempre aprendía vorazmente de otros músicos y desarrolló un esplendor y una madurez de estilo que abarcó desde la luz y la

Metemos el texto entre comillas en el buscador de google, le damos a buscar y... voilá! Nada más y nada menos que 137000 resultados (que ahora serán 137001). Miles de páginas de biografías o similares que han copiado sin delicadeza alguna el texto tal cual de otra web, sea Wikipedia u otra. En fin, si a algún lector le parecen pocos resultados 137000 yo ya abandono el blog y me dedico a la cría del escarabajo de la patata.

Quizá me salga levemente de mi temática, pero no me resisto a plasmar una de las anécdotas más curiosas en mi vida laboral como profesor. En cierta ocasión propuse a mis alumnos realizar un trabajo de ciertos matemáticos, investigar un poco sobre su vida y obra pensando, iluso de mí, que alguno iba a coger una enciplopedia o algún libro de consulta. Lo gracioso no es que descubriera, sin demasiada dificultad, que la mayoría de los trabajos eran un copy-paste de alguna página web, sino que uno de mis pupilos me entregó la web imprimida tal cual, con la publicidad de una línea erótica de contactos en el lateral incluída.
En definitiva, mi intención es promover la originalidad de lo que se publique, sea en una web o en un libro. No es pecado sacar algún dato, nombre o fecha de otras páginas, pero de ahí a calcar párrafos enteritos hay una diferencia más que notable. Como decía aquel anuncio de la tele, don't imitate, innovate.